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Full text of "Leyendas argentinas [microform]"

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University  of  Illinois  Library 


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/VFAEL    OBLlG/\Da 


leyendas  Argeotínas 


PREOEOIDAS     DE^   UN    PRÓXQQOf 


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POR    EL 
BOOTOR    DON    JOAQUÍN  V,  QONzAlvE|?   -  - 


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Santos  Vega,  el  payador, 
Aquel  de  la  larga  fama. 
Murió  cantando  su  amor 
Qomo  el  pá^jaro  en  la  ram'^. 

Cantar  aaoular. 


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EDITOR 
CIl>AUf)IO  QARCIA 
SARANDÍ,     44J 
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EDICIONES  DE  LA  BOÍ.SA  DE  LOS  LIBROS 


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La  suba  consteinte  del  papel,  y  el  encarecimiento  de  la 
niano  de  obra,  ha  obligado  a  esta  casa  al  aumento  transi- 
torio de  los  precios,  en  las  obras  en  impresión;  alimento  limi- 
tado a  Ip  estrictamente  indispensable  para  poder  seguir 
usando  la  misma  clase  de  papel  y  nítida  impresión  g^ue 
caretcterizan  aestas  ediciones.  -^  ^;";  .í^'-^-  >"ÍM^íS^^ÍÍ^ 
Almafuekte  (Pedro B. Palacios)— «Poesías», con  un es- 

V,  tudio  de  Alberto  Lasplaces .^  . .  <  >  _0, 35 

-/ »   ,     «Nuevas  Poesías»  y    >>Evangélicas^,  épn  un    ,-; 

";   ^     estudio  de   Alfredo   L.    PaJaeios ..';... ;,  .i    *  0.40 

~  ;.  »     «  El  niño  »,  conferencia  sobre  enseñanza  un  folleto   »  0. 10 
Agosta     y     Laba     (Fedeeico     E.)     Lecciones     de     ■^,  V<i- 
;  Dereho  Constitucional  e    Instrucción     Cívica,   »  1 ;  00 

'  :     »-     Comentai-io  a  la  Constitución  Uruguaya  de  1918  *  0-30 

;  »  Filosofía  del  Dereclio. — 2  tomos  -. .  . .;. .  ^ . '. . .  *  1..  00 
Araiuo  Villagrak  Horacio  O.^-Primeros  Elemen-        .   r? 

•tos  de,  Botánica,  obra  escrita  con  arreglo  a  los  pro-   -tí- /■ 
gramas* escolares  en  vigencia,  1  tomo  con  grabados...,  .  »  0.40 
AooRio  Adolfo — La  fragua,  Apiuites  sobre  la  Guena 

Europea. .^  »    0.40 

,  ■    »      Fuerza  y  derecho  aspactos  morales  de  la  Gue^,?  :;T  ,>  * 

f        rra  Europea \j . . . .,. . .  ....■.,... .  í\  .  ?    »   0.  50 

3     »       La  Sombra  de  Europa,  nuevos  conceptos  de  la      ^    --- 

moral.  •  •    •^    »i:;fc©Of 

Barret  Rafaei.— «Diálogos,    eonverraciones  y  otros    ■íí'-     1; 

escritos» ; i . . ....  .íi     »  0.35 

BelIíAN  Jose  Pedro — «  Doñarramona »    Cuentos    íiaí/rf  ¿  ,¿v"i 

" :  clónales. :•.,,.  ..I .  í  ;  Vv. . .  ..•  •  •     *  0-40 

»       «¡Bies   te  salvo-...» ,  r-»  0.5.0- 

Becqueb  GufíTAVo  A.— «Rimas»  con  una  nota  preíi-'  "S   j    ^^ 

minar  de  L.  Lasso  de  la  Vega  y  un  poema  de  Garr  >  -:  ,  ' 
cía  del  Busto  1  torno.  ..'....*,....:...  .i;^.f'.,»..>.í  ftOtSO 
CAsARA^^lIXA  Lemos  Eíteique— Las  Fuerí.as  Eternas.- .  -=^:-  -"., 

(Verso) .....................;.... '  >  0:50f^ 

Cruz  AiciDEa — Licursión   de    General   Pavera   a   las 

Misiones .... . ...»  0. 40 

Campo AJViOR  R.  de) — El  Tren  expreso  (Poema). . .  »;.J-    »  G.IO 


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RAFAEL    OBLIGADO 


Leyendas  Argentinds 

PRKCEDIDAS,    DE    UN    PRÓI>OGO 

POR    EL 

DOCTOR    DON    JOAQUÍN  V.    GONZÁLEZ 


Santos  Vega,  el  payador, 
Aquel  de  la  larga  fama. 
Murió  cantando  su  amor 
Como  el   pájaro  en  la  rama. 

Cantar  popular. 


EDITOR 

CLA.UDIO  OA.RCIA. 

SA.RA.NDÍ,     441 

1920 


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PROLOGO 


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Entre  los  tipos  de  la  leyenda  nacional,  la  inmortal 
figura  de  Santos  Vega  destella  sobre  el  fondo  inmenso 
de  nuestra  pampa    com.o  una  aurora  de  poesía  y  amor; 
él   es   la  personificación   radiante   de   la  fibra  poética 
que  ha  muerto  ya  bajo  las  oleadas  de  la  civilización 
extranjera   que   innunda   las   campañas,   desalojando  y 
replegando  hacia  los  desiertos  al  hijo  de  la  tierra,  que 
al  perder  el  hogar  donde  nació,  el  campo  donde  apren- 
dió á  leer  en  la  naturaleza  y  á  asimilarse  sus  armonías 
-misteriosas,  parece  que  va  perdiendo  hasta  esa  sensi- 
-bilidad  refinada,  que  en  otros  tiempos  nos  hizo  escu- 
^char  cantares  deliciosos  que  aún  resuenan  en  las  bri- 
sas desoladas  de  la  llanura,  y  nos  hizo  admirar  imá- 
figenes  que  sólo  han  quedado  grabadas  en  sus  crepúsculos. 
tV     De  todo  ese  m.undo  ideal,  de  todo  ese  majestuoso 
"^^poema  cantado  en   los   llanos  por  el  payador  de   otra 
oedad,  sólo  Santos  Vega  brilla  sobre  las  iHxinas  con  luz 
Mmperecedora;   pero   el   gaucho    apenas    le    recuerda,   y 
isu  memoria  se  ha  salvado  del  olvido,  porque  la  litera- 
tura de  las  ciudades  ha  recogido  sus  trovas  para  nutrir 
xrde  savia  virgen  Sus  concepciones,  y  para  iluminar  al- 
-4-guna  vez  con  sus  destellos  misteriosos  el  monótono  es- 
^cenario  de   sus   poemas.     Sólo   un   genio   sobrenatural 


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46908 


6 


podía  vencer  el  poderoso  estro  del  poeta  nativo  que 
condensaba  todas  las  facultades  intelectuales  de  su 
pueblo  y  de  su  raza;  sólo  los  dioses  podían  superar  en 
inspiración  y  en  belleza  al  cantor  de  la  Ilíada;  sólo  los 
genios  alados  de  los  bos<^ues  de  Arcadia  o  de  Sicilia 
podían  modular  canciones  más  dulces  qvie  Virgilio 
y  Teócrito;  sólo  Satanás  podía  arrancar  a  la  guitarra 
de  la  pampa  argentina  gemidos  más  profundos  y  arre- 
batadores, y  cantar  más  conmovedoras  endechas  que 
Santos  Vega,  el  tipo  semi-divino  de  nuestra  poesía 
nacional.  El,  como  Homero,  se  diviniza  y  desvanece 
en  la  imaginación  popular,  porque  se  confunde  con  la 
poesía  misma  cuya  esencia  es  incorpórea  y  etérea,  y 
llega  á  creerse  que  jamás  existió,  y  así  lo  afirma  el  sen- 
timiento de  un  pueblo  decidido  á  hacer  de  él  la  perso- 
nificación humana  de  ese  genio  poético  que  anima  á 
toda  una  raza,  y  qtie,  cantando,  soñando,  gimiendo  en 
estrofas  que  vibran  sin  dueño  aparente,  como  el  con- 
cierto de  las  tardes  campestres,  forma  el  grande  y  uni- 
versal poema  de  esa  raza,  de  su  territorio  y  de  su  cielo. 
Santos  Vega  es  el  astro  que  resplandece  sobre  ese 
inmenso  poema:  poeta  y  héroe  de  sus  creaciones,  tan 
rápidas  como  vibrantes  e  inspiradas,  se  asemeja  á  esos 
poetas  de  la  India  que  actúan  entre  el  luminoso  cor- 
tejo de  sus  héroes  legendarios,  amados  de  los  dioses, 
porque  ellos  reciben  la  inmortalidad  de  una  juventud 
eterna. 

Santos  Vega  es  la  musa  nacional  que  canta  con  los 
rumores  de  la  naturaleza;  Echeverría  es  el  poeta  clá- 
sico que  recoge  esa  grandiosa  poesía  para  elevarla  y 
darle  la  forma  de  la  cultura;  Obligado  es  el  heredero 
legítimo  de  esas  riquezas  deslumbrantes  que  iban  des- 
apareciendo de  la  memoria,  arrastradas  por  los  vientos 
tempestuosos  del  progreso  que  transforma  las  ruinas 


—  7  — 

en  palacios,  porque  él  ha  templado  su  lira  al  unísono 
con  esa  música  vaga  que  adormece  los  espíritus,  arran- 
cada por  manos  invisibles  de  las  cuerdas  siempre  ten- 
sas de  nuestra  espléndida  tierra,  y  de  nuestro  clima  sa- 
turado de  inspiración.  Su  Santos  Vega,  esbozo  radiante 
del  gran  poema  de  la  pampa  que  se  escribirá  algún  día, 
es  la  tradición  del  poeta  legendario  vencido  por  el  poder 
superior  de  la  civilización  avasalladora,  personificada 
en  el  Diablo,  en  ese  Satanás  eternamente  joven,  que  pa- 
rece ser  el  portador  de  las  grandes  evoluciones  de  la 
humanidad.  Este  es  el  sentido  trascendental;  pero  la 
tradición  en  sí  misma,  escrita  en  la  estrofa  amada  de 
su  héroe,  nos  da  una  vez  más  el  ejem^plo  del  concepto 
que  el  hijo  de  la  tierra  se  formaba  del  Espíritu  de  las 
tinieblas.  El  es  la  suprema  inspiración,  la  suprema  poe- 
sía, la  suprema  ciencia;  y  a  pesar  de  que  su  conciencia 
religiosa  le  abomina  y  le  condena,  su  criterio  artís- 
tico le  adora  y  le  diviniza;  porque  el  arte,  ya  cante  las 
alabanzas  del  rey  profeta  en  el  salterio  de  oro,  esculpa 
ó  pinte  una  Dolorosa  sobre  las  telas  de  Rafael,  ó  cé- 
lebre en  las  estrofas  inmortales  de  Milton  y  del  Tasso 
los  triunfos  de  la  idea  cristiana,  ó  ya  erija  un  Olimpo 
sensual  en  el  laúd  profano  de  Homero,  esculpa  una 
Venus  de  Milo,  o  arrebate  y  exalte  el  sentido  en  las 
estrofas  ardientes  de  Safo,  siempre  es  la  chispa,  el  re- 
lámpago encerrado  en  nuestro  cerebro,  que  iliiminando 
los  horizontes  humanos,  nos  acerca  a  la  divinidad, 
porc^iíe  es  ese  «algo  de  dioses»  que  cada  hombre  lleva 
en  su  ser. 

Satanás  en  el  poema  de  Obligado  es  una  verdadera 
creación  del  arte  nacional,  una  idea  más  grande  que  mu- 
chas de  las  que  nos  admiran  y  enceguecen  en  los  rotun- 
dos períodos  andradianos;  una  síntesis  filosófica  que 
bien  puede  llamarse  de  fómiula  poética  de  nuestra  evo- 


—  8  — 

lución  social;  y  quizá  porque  no  aturde  y  ofusca  los 
sentidos,  y  porque  el  espacio  de  su  creación  ideal  es 
el  alma  misma,  no  brilla  como  otras  creaciones  de  nues- 
tra literatura,  con  todo  el  fulgor  de  la  popularidad  que, 
no  obstante,  alcanzará  m.ás  sólida  y  profunda,  cuando 
la  crítica  se  dirija  hacia  esos  dominios  del  pensamiento. 
El  Diablo  humanizado  en  Juan  sin  Ropa,  un  payador 
desconocido  que  aparece  en  la  escena  rodeado  de  un 
misterio  que  sobrecoge  y  suspende,  es  la  poesía  sobre- 
natural, es  el  genio  superior  á  la  raza,  único  que  puede 
vencer  y  sepultar  en  la  nada  al  poeta  de  la  tierra.  En 
la  payada  meinorable  de  la  tradición,  su  fuego  divino 
se  anuncia  por  secretos  presentimientos  que  nublan 
Ja  frente  y  el  alma  de  Santos  Vega,  y  que  le  hacen  pre- 
sentir su  muerte.  Pero  oigamos  algunas  de  estas  dé- 
cimas, que  parecen    arrancadas   del  alma  del   desierto: 


Turba  entonces  el  sagrado 
Silencio  que  á  Vega  acerca. 
Un  jinete  que  se  acerca 
A  la  carrera  lanzado; 
Retumba  al  desierto  hollado 
Por  el  casco  volador; 

Y  aunque  el  grupo,  en  su  estupor, 
Contenerlo  pretendía, 

Llega,  salta,  lo  desvía, 

Y  sacude  al  payador 

No  bien  el  rostro  sombrío 
De  aquel  h(»nbre  mudos  vieron, 
Horrorizados  sintieron 
Temblar  las  carnes  de  frío. 
Miró  en  torno  con  bravio 


—  9  — 

Y  desenvuelto  ademán, 

Y  dijo:  «Entre  los  que  están 
No  tengo  ningún  amigo, 
Pero,  a  fin,  para  testigo 

Lo  mismo  es  Pedro  que  Juan.) 


Alzó  Vega  la  alta  frente,                  n  i 

Y  le  contempló  un  instante,  I 

Enseñando  en  el  semblante  i 

Cierto  hastío  indiferente.  ; 

— «Por  fin,  dijo  fríamente  I 

El  recién  llegado,  estamos  i 

Juntos  los  dos,  y  encontramos  '5 

La  ocasión,  que  éstos  provocan,                         '  .^ 
De  saber  cómo  se  chocan                                              '       'i 

Las  canciones  que  cantamos.»  i 


Así  diciendo,  enseñó 
Una  guitarra  en  sus  manos, 
Y  en  los  raigones  cercanos 
Preludiando  se  sentó. 


Y  aquel  extraño  payador,  abortado  por  la  sombra, 
canta  los  tristes  y  los  cielos  de  la  pampa  con  encanto 
sobrehumano,  arrancando  a  su  guitarra  diabólica  soni- 
dos que  electrizan,  gemidos  que  desesperan  y  nublan 
las  tinieblas  del  alma,  acordes  que  arrebatan  y  se  de- 
rraman en  el  espacio,  evocando  los  seres  invisibles  que 
lo  pueblan,  para  agruparlos  en  torno  suyo,  suspensos 
de  sus  armonías  de  ultratimaba. 


—  lo- 
santes Vega  le  escucha  con  el  corazón  agitado  por 
la  influencia  magnética  que  aquellos  cantos  descono- 
cidos para  él  mismo,  para  él,  que  había  penetrado  en 
los  más  recónditos  secretos  del  arte,  de  la  pasión,  del 
cielo  y  del  desierto  de  su  patria,  cuya  alma  y  cuyas 
fibras  llevaba  en  las  suyas.  La  multitud  extasiada  que 
sirve  de  jurado  en  aquel  certamen  sublime,  contiene, 
por  amor  a  su  poeta  adorado,  el  grito  del  entusiasmo 
que  fermenta  en  sus  pechos  inquietos,  pero  él  comprende 
su  derrota,  porque  admira  a  su  enemigo,  y  le  diviniza 
en  Su  propia  mente,  y  porque  los  mías  extraños  prodi- 
gios le  indican  que  su  adversario  no  es  un  ser  himaano 
como  él,  sino  que  sus  trovas  son  las  irradiaciones  de 
un  genio  divino  bajado  a  la  tierra  para  anunciarle  su 
muerte;  y  exclama  entonces  con  la  desesperación  de 
la  agonía,  estas  palabras,  que  son  el  adiós  sombrío  y 
eterno  de  la  musa  de  la  pampa: 

Santos  Vega  se  va  a  hundir 
En  lo  inmenso  de  esos  llanos... 
¡  Lo  han  vencido  !  Llegó,  hermanos, 
¡El  momento  de  morir! 

Algo  como  una  niebla  fúnebre  se  extiende  sobre  el 
desierto  solitario,  á  medida  que  este  adiós  va  dilatán- 
dose sobre  la  brisa  de  la  tarde,  quejumbroso  como  el 
lamento  de  la  bordona  de  donde  nació,  hasta  los  úl- 
timos confines  de  su  cielo  amado,  al  mismo  tiempo  que 
la  pupila  centelleante  del  poeta  nativo  se  clava  por 
la  vez  postrera  en  los  ojos  de  su  querida,  que  tiene  el 
instinto  del  amor  y  de  la  admiración  hacia  su  poeta, 
como  la  rubia  Magdalena  lo  tenía  para  el  sublime  é 
inspirado  Nazareno.  La  prenda  del  payador  admira 
y  ama  con  el  alma  inmensa  del  desierto;  Magdalena  con 


—  11  — 

el  alma  infinita  de  ese  cielo  azul  que  promete  el  Evan- 
gelio á  las  almas  purificadas  por  la  contemiplación. 

El  payador  se  desvanece  en  el  horizonte  de  nuestro 
cielo*,  sin  dejar  más  que  un  recuerdo,  como  rastro  in- 
forme de  su  paso,  mientras  que  su  vencedor  conver- 
tido en  Serpiente  de  fuego,  incendia  hasta  el  ombú 
majestuoso  donde  tantas  veces  sus  endechas  se  ele- 
varon a  la  altura,  y  donde  tantas  veces  los  hijos  de  la 
llanura  se  apiñaron  para  adorarle  y  bendecirle  con 
lágrimas  que  eran  laureles  tributados  por  el  coraeón 
de   su  patria. 

El  Diablo,  por  una  concepción  extraña,  pero  que 
entra  en  la  índole  de  nuestra  imaginación  popular, 
es  el  instrumento  elegido  por  la  fatalidad  para  dar  la 
muerte  al  payador  legendario,  cuya  imagen,  sin  em- 
bargo, brilla  sobre  los  horizontes  de  nuestra  litera- 
tura y  de  nuestra  tradicción,  como  la  estrella  polar 
que  marca  a  los  poetas  del  presente  y  del  futuro  la 
sen^a  que  lleva  á  la  creación  de  nuestra  gran  poesía 
nacional.  Y  es  gloria  del  joven  bardo  argentino  el  ha- 
ber levantado  como  bandera  de  combate,  esa  musa 
que  nacida  y  creada  con  Santos  Vega,  resplandece  con 
luz  clásica  en  Echeverría,  que  será  en  el  tiempo  del  refu- 
gio donde  vayan  a  fortalecer  sus  arpjas  desfallecidas 
nuestros  poetas  filósofos,  cansados  de  edificar  sin  fru- 
to sobre  cimientos  prestados  por  civilizaciones  ajenas. 

El  Santos  Vega  de  Obligado  es  un  modelo  de  la  tra- 
dición nacional,  á  la  vez  que,  como  he  dicho,  el  esbozo 
radiante  del  gran  poeta  de  la  pampa,  borrado  por  el 
soplo  de  la  transformación  de  la  raza,  pero  que  rena- 
cerá de  las  ruinas  del  pasado  como  las  estatuas  grie- 
gas después  de  la  inmensa  inundación  de  los  pueblos 
del  Norte.  Porque  las  evoluciones  humanas  son  como 
las  capas  de  tierra  que  los  siglos  amontonan  sobre  los 


12 


escombros:  el  arado  del  labrador  que  rasga  el  suelo  para 
encerrar  la  semilla,  tropieza  algún  día  con  un  frag- 
mento del  mármol  antiguo,  y  aquel  fragmento  es  un 
relámpago  que  alumbra  el  pasado,  y  es  la  revelación 
de  un  mundo  lumnioso  que  proyecta  sus  rayos  vivi- 
ficantes  sobre   el  futuro. 

El  poeta  nacional  del  porvenir,  evocando  con  sus 
canciones  los  recuerdos  de  la  edad  primitiva,  será  res- 
pondido algún  día  por  «el  alma  del  viejo  Santos»  que 
vaga  eternamente  en  el  espacio,  como  el  ángel  conde- 
nado de  Kopstock,  esperando  ver  abiertas  para  ól 
las  puertas  de  ese  cielo  tan  deseado,  donde  se  goea  de 
la  armonía  que  adormece  los  mundos,  y  donde  se  can- 
tan las  alabanzas  místicas  en  .as  arpas  divinas. 


Joaquín     V.     González. 


SANTOS  VEGA 


Santos  Vega,   el  payador, 
Aquel  de  la  larga  fama, 
Murió,  cantando  su  amor 
Como  el  pájaro  en  la  rama. 

Cantar  popular. 


EL    ALMA    DEL    PAYADOR   ( 1  ) 


Cuando    la    tarde    se    inclina 
Sollozando  al  occidente, 
Corre  una  sombra  doliente 
Sobre  la  pampa  argentina, 
Y  cuando  el  sol  ilumina 
Con  luz  brillante  y  serena 
Del  ancho  campo  la  escena. 
La  melancólica  sombra 
Huye  besando  su  alfombra 
Con  el  afán  de  la  pena. 

(l)    Payador:    troya ilor. 


—  14  — 

Cuentan  los  criollos  del  suelo 

Que,  en  tibia  noche  de  luna, 

En  solitaria  laguna 

Para  la  sombra  su  vuelo; 

Que  allí  se  ensancha,  y  un  velo 

Va  sobre  el  agua  formando. 

Mientras  se  goza  escuchando 

Por  singular  beneficio 

El  incesante  bullicio 

Que  hacen  las  olas  rodando. 


Dicen  que,  en  noche  nublada. 
Si  su  guitarra  algún  mozo 
En  el  crucero  del  pozo 
Deja  de  intento  colgada. 
Llega  la  sombra  callada 
Y,  al  envol.erla  en  su  manto. 
Suena  el  preludio  de  un  canto 
Entre  las  cuerdas  dormidas, 
Cuerdas  que  vibran  heridas 
Como  por  gotas  de  llanto. 


Cuentan  que,  en  noche  de  aquellas 
En  que  la  Pampa  se  abisraa 
En  la  extensión  de  sí  misma 
Sin  su  corona  de  estrellas, 
Sobre  las  lomas  más  bellas, 
Donde  hay  más  trébol  risueño. 
Luce  una  antorcha  sin  dueño 
Entre  una  niebla  indecisa, 
Para  que  temple  la  brisa 
Las  blandas  alas  del  sueño. 


—  15  — 

Mas,  si  trocado  el  desmayo 
En  tempestad  de  su  seno, 
Estalla  el  cóncavo  trueno,    • 
Que  es  la  palabra  del  rayo, 
Hiere  al  ombú  de  soslayo 
Rojiza  sierpe  de- llamas, 
Que,  calcinando  sus  ramas. 
Serpea,  corre  y  asciende, 
Y  en  la  alta  copa  desprende 
Brillante  lluvia  de  escamas. 

Cuando,  en  las  siestas  de  estío. 
Las  brillazones  remedan  (1) 
Vastos  oleajes  que  ruedan 
Sobre  fantástico  río; 
Mudo,  abismado  y  sombrío, 
Baja  un  jinete  la  falda 
Tinta  de  bella  esmeralda. 
Llega  a  las  raárgenes  solas... 
¡Y  hunde  su  potro  en  las  <^as. 
Con  la  guitarra  a  la  espalda! 

Si  entonces  cruza  á  lo  lejos. 
Galopando  sobre  el  llano 
Solitario,  algún  paisano 
Viendo  at  otro  en  los  reflejos 
De  aquel  abismo  de  espejos. 
Siente  indecibles  quebrantos, 
Y,  alzando  en  vez  de  sus  cantos 
Una  oración  de  ternura. 
Al  persignarse  murmura: 
«¡El  alma  del  viejo  Santos!». 

(1)    Brillazón  :  espejismo. 


—  16  — 

Yo,^  que  en  la  tierra  he  nacido 
Donde    ese  genio  ha  cantado, 
Y  el  pampero»  he  respirado 
Que  el  payador  ha  nutrido, 
Beso  este  suelo  querido 
Que  a  mis  caricias  se  entrega. 
Mientras  de  orgullo  me  anega 
La  convicción  de  que  es  mía 
¡La  patria  de  Echeverría, 
La  tierra  de  Santos  Vega! 


II 


LA  PBENDA  DEL  PAYADOB 


El  sol  se  oculta;  inflamado 
El  horizonte  fulgura, 

Y  se  extiende  en  la  llanura 
Ligero  estambre  dorado,    v 
Sopla  el  viento  sosegado, 

Y  del  inmenso  circuito 

No  llega     al  alma  otro  grito 
Ni  al  corazón  otro  arruUo, 
Que  un  monótono  murmullo. 
Que  es  la  voz  de  lo  infinito. 


Santos    Vega  cruza  el  llano, 
Alta  el  ala  del  somibrero. 
Levantada  del  pampero 
Al  im^pulso  soberano. 


—  17  — 

Viste  poncho  americano, 
Suelto  en  ondas  de  su  cuello, 

Y  chispeando  en  su  cabello 

Y  en  el  bronce  de  su  frente, 
Lo  cincela  el  sol  poniente 
Con  el  último  destello. 

¿Dónde  va?  Vese  distante 
De  un  ombú  la  copa  erguida, 
Como  espiando  la  partida 
De  la  luz  agonizante, 
Bajo  la  sombra  gigante 
De  aquel  árbol  bienhechor, 
Su  techo,  que  es  un  primor 
De  reluciente  totora. 
Alza  el  pancho  donde  mora 
La  prenda  del  payador. 

Ella,  en  el  tronco  sentada. 
Meditabunda  le  espera, 

Y  en  su  negra  cabellera 
Hunde  la  mano  rosada. 
Le  ve  venir:  su  mirada. 
Más  que  la  tarde,  serena, 
Se  cierra  entonces  sin  pena. 
Porque  es  todo  su  embeleso 
Que  él  la  despierte  de  un  beso 
Dado  en  su  frente  morena. 

No  bien  llega,  el  labio  amado 
Toca  la  frente  querida, 

Y  vuela  un  soplo  de  vida 
Por  el  ramaje  callado... 


—  18  — 

Un  ¡ay !  apenas  lanzado, 
Como  suspiro  de  palma 
Gira  en  la  atmósfera  en  calma ; 
Y  ella,  fingiéndole  enojos, 
Alza  a  su  dueño  unos  ojos 
Que  son  dos  besos  del  alma. 

Cerró     la  noche.  Un  momento 
Quedó  la  Pampa  en  reposo, 
Cuando  un  rasgueo  armonioso 
Pobló  de  notas  el  viento. 
Luego,  en  el  dulce  instrumento 
Vibró  una  endecha  de  amor, 
Y,  en  el  hombro  del  cantor, 
Llena  de  amante  tristeza. 
Ella  dobló  la  cabeza 
Para  escucharlo  mejor, 

«Yo  goy  la  nube  lejana 
(Vega  en  su  canto  decía). 
Que  con  la  noche  sombría 
Huye  al  venir  la  mañana; 
Soy  la  luz  que  en  tu  ventana 
Filtra  en  manojos  la  luna; 
La  que  de  niña,  en  la  cuna. 
Abrió  tus  ojos  risueños; 
La  que  dibuja  tus  sueños 
En  la  desierta  laguna. 

«Yo  soy  la  música  vaga 

Que  en  los  confines  se  escucha. 

Esa  armonía  que  lucha 

Con  el  silencio,  y  se  apaga; 


—  19  — 

El  aire  tibio  que  halaga 
Con  su  incesante  volar, 
Que  del  ombú,  vacilar 
Hace  la  copa  bizarra; 
¡Y  la  d<diente  guitarra 
Que  suele  hacerte  llorar!...» 


Leve  rumor  de  un  gemido, 
De  una  caricia  llorosa, 
Hendió  la  sombra  medrosa. 
Crujió  en  el  árbol  dormido. 
Después,  el  roíico  estallido 
De  rotas  cuerdas  se  oyó  ; 
Un  remolino  pasó 
Batiendo  el  rancho  cercano; 
Y  en  el  circuito  del  llano 
Todo  en  silencio  quedó. 


Luego,  inflamando  el  vacío, 
Se  levantó  la  alborada, 
Con  esa  blanca  mirada 
Que  hace  chispear  el  rocío. 

Y  cuando  el  sol  en  el  río 
Vertió  su  Imtibre  primera. 
Se  vio  una  sombra  lijera 
En  occidente  ocultarse, 

Y  el  alto"ombm  balancearse 
Sobre  una  antigua  tapera  (1). 


(í)    Tapera :    ruina. 


—  20  — 


III 


Eli    HIMNO    DEL    PAYADOR 

En  pos  del  alba  azulada, 
Ya  por  los  campos  rutila 
Del  sol  la  grande,  tranquila 

Y  victoriosa  mirada. 
Sobre  la  curva  lomada 
Que  asalta  el  cardo  bravio, 

Y  allá  en  el  bajo  sombrío 
Donde  el  arroyo  serpea, 
De  cada  hie/ba  gotea 

La  viva  luz  del  rocío. 


De  los  opuestos  confines 
De  la  Pampa,  uno  tras   otro, 
Sobre  el  indómito  potro 
Que  vuelca  y  bate  las  crines, 
Abandonando  fortines. 
Estancias,  rancho,  mujer, 
Vienen  mil  gauchos  á  ver 
Si  en  otro  pago  distante, 
Hay  quien  se  ponga  delante 
Cuando  se  grita:  ¡á  vencer ! 


Sobre  el  inmenso  escenarlo 
Vanse  formando  en  dOs  alas, 
Y  el  sol  reluce  en  las  galas 
De  cada  baado  contrario; 


—  21  — 

Puéblase  el  aire  del  vario 
Rumor  que  en  torno  desata 
La  brillante  cabalgata 
Que  hace  sonar,  de  luz  llenas, 
Las  espuelas  nazarenas 

Y  las  virolas  de  plata. 

De  entre  ellos  el  más  anciano 
Divide  el  campo  después, 
Señalando  de  través 
Larga  huella  por  el  llano; 

Y  alzando  luego  en  su  mano 
Una  pelota  de  cuero 

Con  dos  manijas,  certero 

L<^  arroja  al  aire,  gritando: 

— «¡Vuela  el   pato\...  ¡Va  buscando 

Un  valiente  veírdadero!». 

Y  cada  bando  a  correr 
Suelta  el  potro  vigoroso, 

Y  aquel  sale  victorioso. 
Que  logra  asirlo  al  caer. 
Puesto  el  que  supo  vencer 
En  medio,  la  txirba  calla, 

Y  á  ambos  lados  de  la  valla 
De  nuevo  parten  el  llano,    • 
Esperando  del  anciano 

La  alta  señal  de  batalla. 

Dala  al  fin.  Hondo  clamo. 
Ronco  truena  en  el  circuito, 

Y  el  caballo  salta  al  grito 
De  su  impávido  señor; 


—  22  — 

Y  vencido  y  vencedor, 
Del  noble  triunfo  sediento -i, 
Se  atropellan  turbulentos 
En  largas  filas  cerradas, 
Cual  dos  olas  encrespadas 
Que  azotan  contrarios  \áentos. 

Alza  en  alto  la  presea 
Su  feliz  conquistador, 

Y  su  bando  en  derredor 
Le  defiende  y  clamorea. 
Uno  y  otro  aguijonea 

El  ágil  bruto,  y  chocando 
Entre  sí,  corren  dejando 
Por  los  inciertos  caminos, 
Polvorosos  remolinos 
Sobre  las  pampas  rodando. 

Vuela  el  símbolo  del  juego 
Por  el  campo  arrebatado. 
De  los  unos  conquistado. 
De  los  otros  presa  luego; 
Vense,  entre  hálitos  de  fuego. 
Varios  jinetes  rodar. 
Otros  súbito  avanzar 
Pisoteando  los  caídos; 

Y  en  el  aire  sacudidos, 
Rojos  ponchos  ondear. 

Huyen  en  tanto,  azoradas, 
De  las  lagunas  vecinas. 
Como  vivientes  neblinas, 
Estrepitosas  bandadas; 


--  23  — 

Las  grandes  plvimas  cansadas 
Tiende  el  chajá  corpulento; 

Y  con  veloz  movimiento 

Y  con  silbido  de  balas, 
Bate  el  carancho  las  alas 
Hiriendo  á  hachazos  el  viento. 

Con  fuerte  brazo  les  quita 
Robusto  joven  la  prenda, 

Y  tendido,  a  toda  rienda: 

— «¡Yo  solo  raie  basto!»  grita. 
En  pos  de  él  se  precipita, 

Y  tierra  y  cielos  asorda. 
Lanzada  a  escape  la  horda 
Tras  el  audaz  desafío, 
Con  la  pujanza  de  un  río 
Que  anchuroso  se  desborda. 

Y  allá  van,  todos  unidos, 

Y  él  los  azuza  y  provoca. 
Golpeándose  la  boca. 
Con  salvajes  alaridos 
Danle  caza,  y  confundidos, 
Todos  el  cuerpo  inclinado 
Sobré  el  arzón  del  recado, 
Temen  que  el  triunfo  les  roben. 
Cuando,  volviéndose,  el  joven 
Echa  al  tropel  su  tostado... 

El  sol  ya  la  hermosa  frente 
Abatía,  y  silencioso. 
Su  abanióo  liuninoso 
Desplegaba  en  occidente. 


—  24  — 

Cuando  un  grito  de  repente 
Llenó  el  campo,  y  al  clamor 
Cesó  la  lucha,     en  honor 
De  un  solo  nombre  bendito, 
Que  aquel  grito  era  este  grito: 
«¡Santos  Vega,  el  payador!».         r 

Mudos  ante  él  se  volvieron, 
Y,  ya  la  rienda  sujeta, 
En  derredor  del  poeta 
Un  vasto  círculo  hicieron. 
Todos  el  alma  pusieron 
En  los  atentos  oídos. 
Porque  los  labios  queridos 
De  Santos  Vega  cantaban 

Y  en  su  guitarra  zumbaban 
Estos  vibrantes  sonidos:  '* 

«Los  que  tengan  corazón, 
Los  que  el  alma  libre  tengan. 
Los  valientes,  ésos  vengan 
A  escuchar  esta  canción: 
Nuestro  dueño  es  la  nación 
Que  en  el  mar  vence  la  ola, 
Que  en  los  montes  reina  sola, 
Que  en  los  campos  nos  domina, 

Y  que  en  la  tierra  argentina 
davó  la  enseña  española. 

«Hoy  mi  guitarrra,  en  los  llanos, 
Cuerda  por  cuerda,  así  vibre: 
¡Hasta  el  chimango  es  más  libre 
En  nuestra  tierra,  paisanos ! 


—  25  — 

Mujeres,  niños,  ancianCs, 

El  rancho  aquel  que  primero 

Llenó  con  sólo  un  ¡te  quiero ! 

La  dulce  prenda  querida, 

¡Todo!...  ¡el  amor  y  la  vida, 

Es    de   un    monarca    extranjero !. 

«Ya  Buenos  Aires,  que  encierra 
Como  las  nubes,  el  rayo, 
El  Veinticinco  de  Mayo 
Clamó  de  súbito:  ¡guerra! 
¡Hijos  del  llano  y  la  sierra, 
Pueblo  argentino !  ¿qué  haremos? 
¿Menos  valientes  seremos 
Que  los  que  libres  se  aclaman? 
¡De  Buenos  Aires  nos  llaman, 
A  Buenos  Aires  volemos  ! 

■  r" 

«¡Ah!  ¡Si  es  mi  voz  impotente 
Para  arrojar,  con  vosotros. 
Nuestra  lanza  y  nuestros  potros 
Por  el  vasto  continente; 
Si  jamás  independiente 
Veo  el  Suelo  en  que  he  cantado, 
No  me  entierren  en  sagrado 
Donde  una  cruz  me  recuerde 
Entiérrenme  en  campo  verde 
Donde  me  pise  el  ganado!». 

Cuando  cesó  esta  armonía, 
Que  K)s  conmueve  y  asombra 
Era  ya  Vega  una  sombra 
Que  allá  en  la  noche  se  hundía.. 


—  26  — 

¡Patria !  á  sus  almas  decía 
El  cielo,  de  astros  cubierto, 
¡Patria!  el  sonoro  concierto 
De  las  lagunas  de  plata, 
¡Patria!  la  trémula  mata 
Del  pajonal  del  desierto. 

Y  a  Buenos  Aires  violaron, 

Y  el  himrio  audaz  repitieron, 
Cuando  á  Belgrano  siguieron. 
Cuando  con  Güemes  lucharon, 
Cuando  por  fin  se  lanzaron 
Tras  el  Andes  colosal, 
Hasta  aquel  día  inmortal 

En  que  un  grande  americano 
Batió  al  sol  ecuatoriano 
Nuestra  enseña  nacional. 


IV 

liA  MUKBTE  DEL  PAYADOR 

Bajo  el  ombú  corpulento. 
De  las  tórtolas  añíado, 
Porque  su  nido  han  labrado 
Porque  stt  nkio  han  labrado 
All  al  amparo  del  viento; 
En  el  amplísimo  asiento 
Que  la  raíz  desparrama, 
Donde  en  las  siestas  la  llama 
De  nuestro  sol  no  se  all^a, 
Dormido  está  Santos  Vega, 
Aquel  de  la  larga  fama. 


—  27  — 

En  los  ramajes  vecinos 

Ha  colgado,  silenciosa, 

La  guitarra  melodiosa 

De  los  cantos  argentinos. 

Al  pasar  los  campesinos 

Ante  Vega  se  detienen; 

En  silencio  se  convienen 

A  guardarle  allí  dormido; 

Y  hacen  señas  no  hagan  ruido 

Los  que  están  á  los  que  vienen. 


El  más  viejo  se  adelanta 
Del  grupo  inmóvil,  y  llega 
A  palpar  a  Santos  Vega, 
Moviendo  apenas  la  planta. 
Una  morocha  que  encanta 
Por  su  aire  suelto  y   travieso, 
Causa  eléctrico .  embeleso 
Porqué,  gentil  y  bizarra. 
Se  aproxima  a  la  guitarra 
Y  en  las  cuerdas  pone  un  beso. 


Tiirba  entonces  el  sagrado 
Silencio  que  á  Vega  acerca, 
Un  jifiete  que  se  acerca     r 
A  la  carrera  lanzado; 
Retumba  el  desierto  holjado 
Por  el  casco  vol»Íor; 

Y  aunque  el  grupo,  en  su  estupor. 
Contenerlo  pretendía, 

Llega,  salta,  lo  desvía, 

Y  sacude  al  payador. 


—  28  — 

No  bien  el  rostro  sombrío 
De  aquel  hombre  mudo^  vieron, 
Hopiorizados,  sintieron 
Temblar  las  carnes  de  frío. 
Miró  en  torno  con  bravio 

Y  desenvuelto  ademán, 

Y  dijo:— «Entre  los  que  están 
No  tengo  ningún  amigo, 
Pero,  al  fin,  para  testigo 

Lo  mismo  es  Pedro  que  Juan». 


Alzó  Vega  la  alta  frente, 
Y  le  contempló  un  instante. 
Enseñando  en  el  semblante 
Cierto  hastío  indiferente. 
— «Por  fin,  dijo  fríamente 
El  recién  llegado,  estamos 
Juntos  los  dos,  y  encontramos 
La  ocasión,  que  éstos  provocan, 
De  saber  cómo  se  chocan 
Las  canciones  que  cantamos». 


Así  diciendo,  enseñó 

Una  guitarra  en  sus  manos, 

Y  en  los  raigones  cercanos 
Preludiando  se  sentó. 
Vega  entonces  sonrió, 

Y  al  volverse  al  instrumento, 
La  morocha  hasta  su  asiento 
Ya  su  guitarra  traía, 

Con  un  gesto  que  decía: 

«La  he  besado  hace  un  momento». 


—  29  — 

Juan  Sin  Ropa  (se  llamaba 
Juan  Sin  Ropa  el  forastero) 
Comenzó  por  un  ligero 
Dulce  acorde  que  encantaba. 
Y  con  voz  que  modulaba 
B  andamente  los  sonidos, 
Cantó  tristes  nunca  oídos, 
Cantó  cielos  no  escuchados. 
Que  llevaban,  derramados. 
La  embriaguez  á  los  sentidos. 


Santos  Vega  oyó  suspenso 
Al  cantor;  y  toda  inquieta. 
Sintió  su  alma  de  poeta 
Como  un  aleteo  inmenso. 
Luego,  en  un  preludio  intenso, 
Hirió  las  cuerdas  sonoras, 

Y  c«ntó  de  las  auroras 

Y  las  tardes  pampeanas, 
Endechas  americanas 

Más  dulces  que  aquellas  horas. 


Al  dar  Vega  fin  al  canto. 

Ya  una  tiiste  noche  oscura 

Desplegaba  en  la  llanura 

Las  tinieblas  de  su  manto. 

Juan  Sin  Ropa  se  alzó  en  tanto. 

Bajo  el  árbol  se  empinó. 

Un  verde  gajo  tocó, 

Y  tembló  la  muchedumbre, 

Porque,  echando  roja  lumbre. 

Aquel  gajo  se  inflamó. 


—  30  — 

Chispearon  sus  miradas, 

Y  torciendo    el  talle  esbelto, 

Fué  á  sentarse,   medio  envuelto 

Por  las  rojas  llamaradas. 

¡Oh,  qué  voces  levantadas 

Las  que  entonces  se  escucharon ! 

¡Cuántos  ecos  despertaron 

En  la  Pampa  m^isteriosa, 

A  esa  música  grandiosa 

Que  los  vientos  se  llevaron  ! 


Era  aquella  esa  canción 
Que  en  el  alma  sólo  vibra, 
Modulada  en  cada  fibra 
Secreta  del  corazón; 
El  orgullo,  la  ambición, 
Los  más  íntimos  anhelos, 
Los  desmayos  y  los  vuelos 
Del  espíritu  genial. 
Que  va,  en  pos  del  ideal, 
Como  el  cóndor  a  los  cielos. 


Era  el  grito  podei*oso 

Del  piogreso,  dado  al  viento; 

El  solemne  llamamiento 

Al  combate  más  glorioso. 

Era,  en  medio  del  reposo 

De  la  Pampa  ayer  dormida. 

La  visión  ennoblecida 

Del  trabajo,  antes  no  honrado; 

La  promesa  del  arado 

Que  abre  cauces  a  la  vida. 


-31- 

i 
! 

Como  en  mágico  espejismo,  i 

Al  compás    de  ese  concierto,  I 

Mil  ciudades  el  desierto 

Levantaba  de  sí  mismio. 

Y  a  la  par  que  en  el  abism^o  i 

Una  edad  se  desmorona,  ' 

Al  conjuro,  en  la  ancha  zona  ; 

Derramábase  la  Europa,  j 

Que  sin  dxxda  Juan  Sin  Ropa 

Era  la  ciencia  en  persona.  I 


Oyó  Vega  embebecido  I 

Aquel  himno  prodigioso, 

E,  inclinando  el  rostro  hermoso,  | 

Dijo:  — «Sé  que  me  has  vencido.^  i 

El  semblante  humedecido 

Por  nobles  gotas  de  llanto,  i 

Volvió  á  la  joven,  su  encanto,  ^ 

Y  en  los  ojos  de  su  amada 
Clavó  una  larga  mirada, 

Y  entonó  su  postrer  canto: 


— «Adiós,  luz  del  alma  mía,^ 
Adiós,  flor  de  mis  llanuras. 
Manantial  de  las  dulziu-as 
Que  mi  espíritu  bebía; 
Adiós,  mi  única  alegría, 
Dulce  afán  de  mi  existir; 
Santos  Vega  se  va  a  hundir 
En  lo  inmenso  de  esos  llanos... 
¡Lo  han  vencido !  ¡Llegó,  hermanos. 
El  momento  de  morir !  » 


—  32  — 

Aún  stis  lágrimas  cayeron 
En  la  guitarra,  copiosas, 

Y  las  cuerdas  temblorosas 
A  cada  gota  gimieron; 
Pero  súbito  cundieron 

Del  gajo  ardiente  las  llamas, 

Y  trocado  entre  las  ramas 
En  serpiente,  Juan  Sin  Ropa, 

Arrojó   de  la  alta  copa 
Brillante  lluvia  de  escamas. 


Ni  aún  cenizas  en  el  suelo 
De  Santos  Vega  quedaron, 
Y  los  años  dispersaron' 
Los  testigos  de  aquel  duelo; 
Pero  un  viejo  y  noble  abuelo, 
Así  el  cuento  terminó: 
— «Y  si  cantando  m\irió 
Aquel  que  vivió  cantando. 
Fué,  decía  suspirando, 
Porque  el  diablo  lo  venció». 


LA  SALAMANCA 


Nace    la    Noche    en    el    fondo 
De  las  abruptas  cañadas, 

Y  con  las  sombras  primeras 
Por  los  valles  se  acielanta. 
Aunque  es  dulce,  en  su  presencia 
Las  aves  gimen,  no  cantan, 

Y  se  arrojan  a  su  albergue 
Tropezando  entre  las  ramas: 
Aunque  es  tierna,  y  el  suspiro 
De  sus  labios  llena  el  aixra. 
Va  taimiada  despertando 
Execrables  alimañas. 

Deja  el  valle,  y^en  silencio 
Ágil  trepa  por  la  falda, 
Metiéndose  entre  las  grietas. 
Descendiendo  a  las  quebradas, 
Arrebatando  las  luces 
Que  el  sol  dejó  en  la  montaña. 
Hasta  que  se  hunde  sombría 
En  la  horrenda  Salamanca. 


—  34  — 

¡La  Salamanca!  Antro  osctiro 
De  qtiiméricas  fantasmas, 
Que  en  los  senos  de  la    sierra 
Largo  espacio  se  dilata, 
En  columnas  de  calcáreo 
Lanza  stis  bóvedas  anchas, 
O  corriendo  por  encima 
De  estalagmitas  se  arrastra; 
Retuércese  en  espirales 
Que  a  los  abismos  se  lanzan; 
Por  silente  galería 
Recta  pas  peñas  taladra; 
Y  del  fondo  tenebroso, 
En  vibrantes  bocanadas. 
Arroja  al  vasto  recinto 
De  las  bóvedas  en  calma. 
El  lejano  cañoneo 
De  estruendosa  catarata. 
Luego,  en  grietas  repartida. 
Por  angostas  sendas  marcha. 
Hasta  juntarse  en  inmensa, 
Húmeda  y  tétrica  sala, 
Donde  suena,  siglos  hace. 
La  pertinaz  gota  de  agua. 


¡Mansión  de  horror !  En  la  altura 
Giran  del  buho  las  alas, 

Y  de  sus  ojos  redondos 

Echa  a  aquel  antro  las  llamas; 

Y  miás  abajo,  esparciendo 
Del  aire  espeso  las  miasmas. 
De  los  hediondos  murciélagos 
Vuela  la  torpe  bandada. 


—  35  — 

Corren  en  fila,  azotando 
Las  encorvadas  murallas, 
En  procesión  hervorosa 
Las  malditas  luces  malas; 
Y,  a  su  reflejo,  a  gún  duende 
Se  asoma,  y  rápido  pasa, 
Hundiendo  mudo  en  la  sombra 
Lo:5  callados  pies  de  lana. 


II 

De  la  más  honda  tiniebla, 
Como  un  hervor  del  abismo^ 
Suben  de  trasgos  y  brujas 
Los  palmoteos  y  gritos. 
Luego,  en  tropel  sonoroso. 
Llenan  la  sala,  y  principio 
Dan,  bajo  teas  h\imeantes, 
Al  aquellarre  maldito. 
Giran   en   torno   de  un   tacho 
Que  hierve  a  un  fuego  rojizo; 
Con  varejones  de  tala 
Revuelven,  baten  el  líquido; 
Y  echan  el  húmedo  sapo 
De  los  pantanos  traído; 
La  blanda  lengua  del  perro 
Que  erró  sin  amo  ni  abrigo, 
Y,  en  el  desierto,  a  la  luna. 
Alzó   lamento   tristísimio; 
De  las  iguanas  los  ojos; 
Las  alas  de  los  vampiros; 
Siempre  girando,  girando 
En  infernal  remolino.  j 


—  36  — 

Desde  la  gruta  ignorada, 
Suena  en  los  campos  vecinos 
Aquel  estrépito  infame 
Con  la  dulzura  de  un  himno; 
Música  errante,  que  lleva 
Al  corazón  y  al  espíritu. 
Ansia  de  empresas  vedadas, 
Sed  de  grandeza  y  dominio. 


ün  criollo  joven  y  hermoso. 
De  cribado  calzoncillo 
De  facón  a  la  cintura. 
De  poncho,  espuela  y  barbijo. 
Por  la  música  celeste 

Y  Su  ambición  atraído, 
Entró  impávido  en  la  gruta. 

Se  hundió  en  su  inmenso  recinto. 

Un  punto  tembló,  y  un  punto 

Vaciló,  perb,   atrevido. 

Como    flexible    culebra 

Se   arrastró  por  los   abismos... 

Y  allá   las   brujas   gritaron. 
Abriéndose  en  ancho  círculo: 
—«¡Llegue  el  valiente  a  iniciarse. 
El  hemíono,  el  bienvenido ! 
¡Venga  luego  a  complacerle. 
Venga  el  rey     de  \Tiestro  asilo ! » 

A  esta  voz,  romipiendo  el  muro. 
Se  apareció  el  diablo  antiguo, 
Largo  y  flaco,  hediendo  a  azufre, 
Hombre  y  sierpe  a  un  tiempo  mismo. 
— ^«¿Qué  desea  el  que  me  busca?» 
Ronco  y  grave  al  joven  dijo. 


v_  37  — 

«El  amor  de  las  mujeres, 

El  cabalk)  que  yo  envidio, 
Echar  suerte  con  la  taba, 
Buen  ojo  para  el  cuchillo, 
A  la  muía  más  bellaca 
Montarla  de  un  solo  brinco, 

Y  darte  el  alma  por  todo. 
¿Te  conviene?  » 

— «Concedido; 
Pero  antes,  venga  una  prueba 
Para  saber  si  eres  digno^. 

Y  así  diciendo,  Satán 
Abrió  un  hondo  precipicio 
Sin  más  senda  que  una  larga 
Cuchilla  puesta  de  filo, 
Debajo,  monstruos  y  fieras 
Que  dan  hambrientos  rugidos,, 

Y  en  el  fondo,  en  un  altar. 
La  dulce  imagen  del  Cristo. 
—«¡Anda  está  abierta  la  senda 
A  tus  humanos  designios; 
¡Anda!  y  no  temas  los  monstruos 
Que  te  saldrán  al  camino; 
¡Anda!  ¡y  escupe  y  derriba 

Al  odiado,  al  crucifijo!» 


El  ambicioso,  el  blasfemo, 
Echó  a  andar...  y  un  estallido 
Lanzó  al  jovQn,  a  las  brujas, 

Y  a  Satanás,  al  abisiño. 
La  dinamita  triunfante 

Y  del  obrero  los  picos, 


—  38  — 

Perforaban  la  montaña 
Abriendo  túnel  magnífico 
A  la  audaz  Toconiptora, 
Al  nuevo,  excelso  vestiglo. 

1893. 


LA  MULA  ÁNIMA 


Iba  Tin  anciano  trepando 
En  ágil  milla  la  sierra, 
Desde  el  sombrero  a  la  barba 
Suelto  el  barbijo  de  seda; 
Poncho  de  agreste,  vicuña 
Con  franjas,  flecos  y  hojuelas, 
Ha  medio  sigío  bordado 
Por  Su  afinada  la  prenda; 
Llevaba  usutas  (sandalias 
No  he  de  decir  en  mi  tierra). 
Que  así  le  guardan  los  pies 
Como  le  sirven  de  espuelas; 
Un  guardamonte  de  cuero 
Con  que  se  cubre  las  piernas, 
A  cuyo  empuje  se  inclinan 
Arbustos,  cardos,  malezas, 
Y  huyen  guanacos  y  cabras 
Cuando,  al  trotar  de  la  bestia, 
Con  resonantes  crujidos 
Sobre  sus  flancos  golpea. 


Lleva  aquel  viejo  en  el  alma 
La  triste  música  interna 
De  los  recuerdos:  los  besos 
De  las  ternuras  maternas. 


40 


El  dulce  abrazo  infinito 

Y  el  largo  ¡adiós !  de  su  prenda, 
Cuando,  a  través  de  los  Andes, 
Fué  a  combatir  y  a  quererla; 

Y  allá  en  lo  oculto,  en  lo  hermoso. 
La  imagen  fúlgida,  eterna. 

De  nuestra  patria...  la  patria 
De  las  heroicas  proezas. 
De  William  Brown  en  los  mares. 
De  San  Martín  en  la  tierra. 


El  fué  con  Dávila  a  Chile, 
Con  Güemes  a  la  frontera. 
Con  La  Madrid  a  Tarija, 
A  Junin  con  Necochea, 

Y  era  tan  fiel  en  amores 
Com.o  atrevido  en  la  guerra. 
Tiene  este  viejo  una  enjundia 
Que  ni  el  demonio  la  tuesta, 

Y  donde  asoma  un  peligro 
Es  para  hollarlo  una  fiera. 
De  la  espantosa  Mvla  Anima 
Tantos  horrores  le  cuentan, 
Que,  por  hallarla  a  su  paso 

Y  refrenarle  las  riendas. 
Hizo  a  la  Virgen  del  Valle 
Esta  sencilla  promesa  : 

«Haz  que  la  encuentre,  y  de  alfombra 
Pondré  a  tus  plantas  de  reina, 
Este  mi  poncho  tejido 
Por  mi  finada  la  prenda.» 


_  41  — 

Embebecido  iba  el  hombre 
En  sus  recuerdos  y  penas, 
Cuando,  de  un  rancho  asentado 
Sobre  la  abrupta  ladera. 
Salióle  al  paso,  en  tumulto, 
Un  mocetón,  una  vieja. 
Una  serrana,  dos  niños, 
Y  hasta  una  cabra  casera; 
Sucias  las  caras,  y  un  susto 
Lívido  y  áspero  en  ellas. 


— « ¡Va  por  allí ! — le  gritaron, — 
¡Va  por  allí,  por  la  cuesta!» 
— « ¿Quién?» — ^preguntó,  deteniéndose. 
El  del  barbijo  de  seda. 
— « ¡Ella !  ¡La  muía  maldita 
Que  por  la  noche  anda  suelta!» 
— «Si,  dijo  el  mozo,  la  he  visto 
Al  despertar  de  la  siesta.» 
— «Y  yo,  añadió  la  serrana, 
Desvanecerse  en  la  niebla.» 
— «Mas,  cuando  pasa  de  día. 
Como  esta  vez,  se  presenta 
De  viuda,  toda  enlutada. 
En  dirección  a  una  iglesia.» 
— «Y  al  regresar  cada  noche. 
Es  muía  en  llamas  envuelta.» 
— «Pues  a  esperarla  me  quedo, 
Dijo  el  del  poncho  de  hojuelas.» 
— «¡Ah,  qué  mujer!» — persignándose 
Murmura  al  cabo  la  abuela, 
Mientras  el  viejo  soldado 
Entra  a  su  rancho  y  se  sienta, — 


42 


«¡Ah,  qué  mujer!...  Era  blanca 
Como  las  nieves  eternas, 

Y  rubia  como  esos  cardos 
Que  dan  flor  en  primavera. 
Se  enamoró  de  un  soldado 
De  la  santa  independencia, 
Que  con  Dávila  fué  a  Chile 
A  luchar  por  su  bandera; 

Y  como  era  tejedora 

De  las  pocas  y  las  buenas, 
Le  hizjo  un  poncho  de  vicuña 
Más  liviano  que  hoja  seca. 
El  buen  javen  se  marchó 
A  libertar  nuestra  América, 
Bajo  fe  de  su  palabra 
De  casamiento  a  la  vuelta. 

Y  ella,  dos  anos  corridos, 
Fué  tan  loca  y  sinvergüenza. 
Que  se  enredó  con  un  cura 
Para  curarse  de  ausencias. 

Dios,  el  gran  Dios,  la  maldijo 
Hiriéndola  con  su  diestra, 

Y  echó  Su  ánima  a  penar 
Por  las  quebradas  desciertas. 
Convertida  en  esa  muía 
Que  en  la  noche  se  pasea. 
Que  de  ojos,  boca  y  narices, 
Arroja  llamas  siniestras. 
Por  un  decreto  divino 
Lleva  colgando  las  riendas. 

Hasta  que  un  hombre  muy  hombre, 

Por  redimirle  la  pena. 

Con  fuerte  brazo  y  fe  santa 

La  refrene  en  su  carrera». 


—  43  — 

Iba  cayendo  la  noche 
Al  terminar  la  conseja, 

Y  conmovido  el  soldado 
Por  unas  ansias  secretas, 
Mudo  besó,  al  desj>edirse, 
A  los  niños  y  a  la  abuela, 
Y,  cabalga<Jo  en  su  muía. 

Se  echó  a  vagar  por  la  sierra. 

Era  una  noche  sombría, 
Fúnebre  noche,  de  aquellas 
En  que  los  genios  medroslos 
Salen  de  grutas  y  cuevas; 
En  que  una  mano,  aéomada 
De  algún  recodo,  hace  señas; 
En  que  está  octilto  un  misterio 
Que  hace  temblar  las  tinieblas, 

Y  hasta  el  rumor  del  torrente 
Es  un  rodar  de  cadenas. 

El  noble  viejo  marchaba 
Por  la  sinuosa  vereda. 
Cuando  unas  luces  rojizas, 
Hiriendo  á  asaltos  las  peñas, 
Le  iluminaron  un  arria 
De  pardas  muías  cargueras, 
Cegadas,  quietas,  bufando 
Bajo  las  vivas  centellas, 

Y  á  los  arrieros,  postrados, 
La  faz  oculta  en  las  piedras. 

Luego,  por  boca  y  narices 
Echando  ardientes  culebras, 
Que,  retorcidas,  los  muros 


44 


Suben  y  en  lo  alto  chispean, 
Se  apareció  la  Muía  Anima, 
Al  aire  flojas  las  riendas. 

Echó  pie  á  la  tierra  el  soldado 
De  las  batallas  homéricas, 

Y  se  avanzó  a  recibirla 

Con  toda  el  alma  en  la  empresa. 
Hizo  á  la  Virgen  del  Valle, 
Como  á  sus  jefes,  la  venia, 

Y  cuando  estaba  ya  encima 
La  muía,  en  llamas  envuelta, 
La  refrenó,  y  a  su  pecho 
Vino  a  estrellarse,  ya  muerta, 
Pero  en  mujer  convertida. . . 
¡Y  era  su   novia,    la   prenda- 
Sé  echó  a  llorar  como  un  niño 

El  de  la  lides  de  América.  .  . 
Mientras,  la  Virgen  del  Valle 
Bajó  ceñida  de  estrellas. 
El  le  tendió  como  alfombra 
Si  rico  poncho  de  hojuelas, 

Y  ella,  posada  un  instante 
Para  aceptar  la  promesa. 
Volvióse  al  cielo  llevando 
Purificada  en  su  esencia. 
Un  alma  mísera,  indigna^ 

Pero  que  ha  amado    en  la  tierra. 


1892. 


EL  YAGUAKON 


¡Quién  dijera,  al  verle  ahí 

Tan  apacible  y  rendido,  "^ 

Que  este  Paraná  querido 

Tuviera  infamias  en  sí ! 

Todo  en  el  mundo  es  así : 

La  belleza,  de  luz  plena, 

La  niñez  y  la  azucena. 

Todo  en  cieno  se  convierte,  , 

A  todo  arroja  la  muerte 

El  polvo  de  que  está  Uena. . . 


Bajando  Juana  María, 
Puesta  en  jarras,  la  barranca. 
Un  lío  de  ropa  Blanca 
En  la  cabeza  traía. 
Va  con  franca  bizarría 
Imponiendo  su  hermosura; 
Y  al  descender  de  la  altura. 
Suelta  la  falda  tan  bien, 
Que  oscila  y  cruje  al  vaivén 
De  su  redonda  cintura. 


—  46  — 

¡Hay  que  ver  con  qué  mirada, 
A  tan  gentil  desparpajo, 
La  envuelve  de  arriba  abajo 
Hecha  un  ascua  la  mozada  ! 
Ella,  a  quemarla  habituada. 
Sigue,  dando  a  su  atavío 
El  mismo  rumboso  brío 
Que  harto  sabe  le  conviene, 
Y  así  llega  donde  tiene 
La  batea  junto  al  río. 


Sobre  las  ropas  ajenas 
Vierte  el  agua  reluciente, 

Y  en  su  seno  transparente. 
Con  un  pan  de  jabón  llenas. 
Crispa  las  manos  morenas, 
Elota  de  uno,  de  otro  modo. 
Bate,  tuerce,  enjuga  todo,... 

Y  por  las  carnes  de  rosa 
Blanca  espuma  globulosa 

Le  va  subiendo  hasta  el  codo. 


¡Con  qué  afán,  con  qué  agasajo 
Y  apasionada  terneza, 
La  santa  naturaleza 
Bendice  en  ella  el  trabajo  ! 
En  cada  árbol  no  hay  un  gajo 
Que  no  se  agite  en  su  honor; 
Las  islas,  de   cada  flor 
Le  dan  fragancia;  el  jilguero 
Le  canta  el  himno  sincero 
Del  antiguo  trovador. 


—  47  — 

Quiere    así  la  primavera 
Rendirle  todas  sus  galas, 
Que  se  muevan  muchas  alas 
Honrando  a  la  lavandera. . . 
Pero  el  río,  en  su  severa 
Profunda  calma,  desciende; 
El  sol  lo  empapa  y  enciende; 
El  viento  apenas  lo  riza; 
Y  hondo  y  mudo  se  desliza 
El  gran  Paraná  y  se  extiende. 


No  observa  Juana  María 
Que  a  sus  pies,  precisamente. 
Hierve  entonces  la  corriente 
Con  más  hervor  que  solía; 
No  ve  que  el  río  aquel  día 
Tiene  extraños  movimientíbs. 
Ni  que  eléctricos,  sangrientos, 
De  infame  plétora  rojos. 
Bajo  las  aguas,  dos  ojos 
La  miran  fijos  y  hambrientas. 


Ancho  el  río  cabrillea 
Conturbaáfc)  por  la  brisa, 

Y  en  él  la  forma  indecisa 
De  un  monstruo  se  balancea. 
Verdoso,  enorme,  voltea 

El  cuerpo,  se  hunde,  se  oculta. 
Resurge,  el  líquido  abulta. 
Borbollando  por  sí  mismo, 

Y  de  nuevo  en  el  abismo 
El  chato  lomo  sepulta. 


—  48  — 

Al  oído  de  la  obrera, 

De  allá  muy  hondo,  muy  hondo, 

Vago  llega  desde  el  fondo 

Un  ronco  bramar  de  fiera; 

Sonidos  que  se  dijera 

Ser  lamentos  gemebundos; 

Otras  veces,  iracundos 

Desgarrones,  golpes  vivos 

De  zarpazos  convulsivos. 

En  socavones  profundos. 

Juana  va  a  huir,  todo  siente... 
¡Y  arroja  un  grito,  y  sé  aterra. 
Viendo  que  se  hunde  la  tierra, 
Quebrándose  de  repente! . . . 
Un  remolino  rugiente 
Salta  del  río,  la  alcanza, 
La  derriba;  se  abalanza. 
Todo  inunda,  todo  huella, 
Y,  envuelto  en  lodo,  con  ella 
Al  hondo  cauce  se  lanza. . . 

A  poco,  manso  y  sereno. 
Quedó  el  río  indiferente, 

Y  sólo  huyo,  en  la  corriente. 
Una   gran  mancha  de  cieno. 
Siguió  el  bosque,  siempre  ameno. 
Su  eterna  y  rítmica  pieza; 
Siguió  dando  a  la  belleza 

El  jilguero  sus  canciones, 

Y  hechandb  sus  bendiciones. 
La  santa  naturaleza. 


EL  CACUI 


Per  donde  Salta  limita 
Con  Tucmnán  y  Santiago, 
Mientras  los  de  una  ludada 
Tomaban  mate  y  descanso. 
Dijo  un  payador  porteño. 
Que  andaba  entre  ellos  buscando 
Míeles  también,  no  de  abeja^ 
Sino  de  ensutóbs  y  encantos: 

—  «  Finalizó  la  eosecha 
La  de  algarroba,  ¡gran  año  I 
iQaé  invierna  para  la  aloja 
Será  el  invierno  cercano! 
Ya  lo  veréis,  cuando  haciéndose 
El  gracioso  venga  mayo, 
Y,  dando  diente  con  diente, 
Le  siga  junio  exnpochado. 
Agua  se  me  hace  la  boca 
De  solamente  pensarlo. . . 
Irá  a  los  bailes  la  prenda 
Que  está  nombrada,  pues  callo, 
Y  be  de  soltarle  al  oído 
Entre  diciendo  y  besando: 


—  50  — 

«  j  Tomo  y  obligo  '  » . . .   y  la  niña 
Ha  de  beber  en  mi  jarro, 

Y  ha  de  obligarme  a  su  turno, 
C!on  un  mirar  y  un  amago 

De  esos  que  muestran  el  alma; 
Como  la  aloja,  chispeando. 
De  mi  guitarra  en  la  prima 
Cantaré  el  si  de  sus  labios; 

Y  al  son  de  cuecas  chilenas 

Y  de  argentinos  malambos, 
¡Haré  volar  la  pollera 

De  la  princesa  del  pago, 
Y,  entre  las  mozas,  ninguna 
Ha  de  pisarle  el  uapato, 
Ni  levantar  sobre  todas 
Más  polvareda  en  el  rancho!  » 

—  «  ¡  Valiente  moza  es  aquélla 
Para  meterla  en  fandangos! ... 

—  Le  interrumpió  un  santiagueño. 
Más  que  diciendo,  cantando, — 
Lo  que  es  Su  padre,  la  cuida 
Como  reliquia  de  santo  : 

Y  cuando  baja  a  los  montes. 
La  deja  allá,  en  su  barranco. 
Como  las  flor  s  del  airé. 
Pegada  siempre  al  peñasco. 

Y  si  no,  ¿cuál  de  nosotros 
La  ha  visto  ?  » 

—  «  Yo,  entre  mis  cantos» 
Que  los  cantores  háciraos 
Para  entrever  lo  sonado. 
En  cierta  noche  de  luna. 


—  51  — 

Mientras  la  andaba  fundando, '    '„ 
De  su  aposento  salían 
Como  gemidos  muy  largos, 

Y  desde  entortces,  librarla 
De  su  prisión  he  jurado.  >> 

—  «Más  sabe  el  diablo  por  viejo 
Que  por  su  ciencia  de  diablo,— 
Dijo  un  sargento  de  Güemes, 
Matusalén  ignorado; — 

Y  así  te  digo,  porteño, 
Que  en  la  casa  del  barranco 
No  hay  tal  mujer,  ni  tal  padrej 
Pues,  lo  que  es  ella,  es  un  pájaro, 

Y  el  hombre  aquel,  que  allí  mofa 

Y  baja  solo,  es  su  hermano, 
Anima  ya,  porque  el  pobre 
Anda  hace  un  siglo  penando; 

Y  los  gemidos  que  oíste, 

No  en  Su  aposento,  en  un  árbol. 
Son  del  cacui  que  en  la  noclie,. 
Va  a  sollozar  a  su  lado». 

— «Sea  miujer,  y  no  im^porta 
Que  vista  plumas  o  fasos,-^ — 
Dijo  el  cantor,  —  qué  las  ala^ 
Son  de  los  seres  más  altos;' 

Y  si  es  un  ave,  sin  duda  ' 
Sabrá  librarse  del  barro:         ^ 
Sueño  por  sueño,  en  él  niúndó 
Quiero  soñar  con  lo  alado».          "\ 

,.     ■  ■  ■  ,  I  - 

— «Cuando  conozcas  sü  historia. 
Replicó  al  purtto  el  anciano. 


—  52  — 

Has  de  romper  tu  guitarra, 
¡Y  has  de  romperla  llorando- 
Eran,  varón  y  mujer, 
Hiiéifanos  ya,  dos  hermanos: 
Ella  un  demonio,  aunque  linda, 

Y  él  poco  menos  que  un  santo, 
Trabajador  sin  abuela 

Y  emprendedpr  sin  cansancio. 
Así  picaba  carretas 

En  Tucumán  o  Santiago, 

Y  en  las  llanuras  era  hombre 
De  boleadoras  y  lazo, 

0<Miio  en  los  bosques  de  Salta 
Un  obrajero  afamado; 
En  Catamarca,    minero 
IVfós  cateador  que  un  riojanjcí; 
¡Y  ent  las  meadas,  amigos! . . . 
iSíunca  jamás  se  dio  el  caso 
De  que  perdiera  una  abeja 
Entre  esa  mar  de  quebrachos. 
Porque  ¡  tenía  unos  ojos 
Para  seguirlas  volando 

Y  descubrir  la  colmena 
Entre  ei  cebil  o  el  retamol . . . 

Pues,  cuando  hacía,  lo  hacía 
Para  tener  cea  regalo 
A  esa  qpie  tú,  payador, 
llamas  princesa  del  pago, 

Y  qu©  ©fa  moza  muy  Unda, 
Pero  en  los  hechor,  gusano. 
Si  él  le  traía  un  cabrito, 
Ella  en  lo  oculto  iba  a  asarlo. 
Lo  devoraba,  y  el  resto 
Echiriba  allá,  »  los  caranchos; 


—  53  — 

Y  él  se  iba  hambriento,  afligido, 
Para  volver,  en  las  manos 

Trayendo  achuras  sabrosaSj 
Que  ella  comía...  y  al  campo 
Iba  y  voleaba  la  olla 
Para  negarla  a  su  hermanoJ 
Siem^pre,  al  llegar  a  su  casa, 
Cuando  dejaba  el  trabajo, 
Haljó  cazuelas  vertidas 

Y  necia  burla  en  los  labios» . 

— «Parece  cuento»...; 

— «No  es,  cuento: 
Ha  Sucedido,  aunque  es  raro, 
Pero  en  los  seres  hay  cosas ... 
Vaya,  mejor  es  callarlo. 
El  le  rogaba  unas  veces. 
Casi  a  Sus  plantas  postrado, 
Qwe  no  amargara  sus  horas 
Con  proceder  tan  ingrato; 
Otras,  sañudo  y  sombrío, 
Presa  de  impulsos  insanos. 
Iba  a  azotarla  en  el  rostro... 
¡  Y  le  temblaba  la  mano  !^ 
Ya  de  su  madre  el  recuerdo 
Era  el  ejem^plo  evocado .. . 
¡  Hay,  de  esa  madre  que  a  muchos 
Nos  está  al  cielo  llamando^ ... 
Pero  la  niña  era  terca, 
Su  corazón  era  malo, 
Y,  hosca,  burlaba  el  recuerdo 
Con  el  desdén  más  villano. 
Hasta  que  xin  día  aquel  mártir 


54 


De  ese  odio  y  j'xigo  pesado, 
Dijo:  —  «  ¡  Que  muera  !   ¡  que  inuera  í 
Mas  no  la  mate  mi  brazo, 
I  8ino,  a  la  faz  de  los  cielos, 

;  ¡La  voluntad  de  los  astros  !  » 

I  Y  asiendo  su  nacha  obrajera, 

I  Que  no  mellaba  el  quebracho, 

i  Llamó  a  su  hermana,  y  con  dulce 

i  Voz  de  cariño  y  halago 

I  J  —  «  ¿  Sabes,  le  dijo,  que  tengo. 

En  aquel  bosque  inmediato, 
j  Un  inoromioro,  y  quisiera 

I  Para  tí  sola  sacarlo  ?  » 

j  A  tal  promesa,  la  joven, 

Que  era  golosa:  —  «  Pues  vamos  *,  — 
Le  contestó,  y  en  procura 

i  De  la  colmena  marcharon. 

I 

i  «  Al  pie  de  un  orcocebil, 

Tan  corpulento  y  tan  alto 
Que  echaba  el  cielo  la  copa, 
8e  detuvieron  entrambos. 

—  «  Sube  delante,  le  dijo. 
Que  JO  te  iré  sustentando, 
Para  que  allá,  en  la  corona, 
Goces  tú  sola  el  regalo  ». 
Luego,  de  un  gajo  en  el  otro. 
Fueron  trepando ...  y  treparon. 
Ella  de  mieles  hambrienta 
Y  él  su  venganza  hambreando. 
Cuando  llegaron  al  sitio 
Más  eminente  del  árbol: 

—  «  Está    añadió,  el  moromoro 
Cerca  de  aquí,  en  aquel  gajo; 


—  55  — 

Échate  al  rostro  el  pañuelo 
Mientras  desciendo  a  sacarlo, 
Que  las  abejas  dispersas 
Pueden  hacerte  algún  daño  ». 
Ella  cubrióse,  y  a  poco 
Sintió  temblar  todo  el  árbo 

Y  derrumbarse  las  ramas 
A  los  tremendos  hachazos. 
—  «  Cúbrete  bien»,    le  decía 
El,  cada  vez  más  abajo. 
Hasta  que  el  hacha  y  los  ecos 
De  resonar  se  cansaron, 

y  llegó  mudo  el  silencio 
Desde  los  montes  lejanos. 

Ella^  velada  y  medrosa, 
Se  estuvo  así  mucho  rato, 
Hasta  que,  alzando  el  panuco, 
Se  \'ió,  con  ,susto  y  con  pasnlo. 
Sola  en  el  orcocebil 
De  sus  ramas  despojado. 
Sola,  en  aislada  colúnihá. 
Adonde  el  eco  le.  tfajo 
La  carcajada. nerviosa 

Y  siniestra  ^e  su  hermano.    , 

«  Quiso  bajar,  mas  no  tuvo 
Donde  apoyarsp  a  su  p^so, 
Y,  A^eljba  al  pielo  la  frente, 
Ronapió  de  súbito  en  llanto. 
Vino  la  noche;  otro  día 
Pasó;  de  nue^ro  al.  ocaso 
Cayó  el  sol,  ^;  Ja?  estrellas      . 
Su  helada  lumbre  le  echaron. .. 


—  56  — 

En  rededor,  de  ios  bosques 

En  lo  profundo  y  arcano, 

Sonaba  el  órgano  inmenso 

De  los  rumores  sagrados; 

El    roce,  incierto  al  oído, 

Mas  por  el  miedo  escuchado, 

De  las  serpientes,  que  trepan 

Del  dulce  nido  al  asalto; 

El  rugir,  hondo  y  bravio, 

O  el  avanzar,  lento  y  cautk> 

De  los  tigres  y  leenes 

Que  van  de  caza,  husmeando . . . 

«  Ella  en  las  carnes  sentía 

El  penetrante  y  helado 

Filo  de  agudo  puñal 

Que  se  va  hundiendo  hasta  el  cabo, 

Un  hambre  y  sed  febricientes 

La  devoraban,  en  tanto, 

Y  su  alma  hería  y  su  cuerpo 
La  convulsión  del  espasmo. 
Entre  el  horror  de  sí  misma. 
Su  corazón,  golpeando, 

Se  derramaba  en  sollozos,  ' 
Voces  de  angustia  y  espanto. 
Luego,  una  calma,  un  sociego 
Fué  por  Sus  nervios  vagando, 

Y  circuló  por  sus  Venas 
Comio  un  sabroso  desmayo. 

Miró  hacia  el  cielo,  hacia  el  bosque, 

Y  tuvo  un  ímpetu  extraño 
De  divagar  por  la  selva 

Y  hender  volando  el  espacio. 
Entre  asombrada  y  medrosa. 


—  S7  — 

Vio  disminuir  su  tamaño, 
Que  emphimecia  su  cuerpo 

Y  que  eran  alas  sus  brazos; 

Y  de  mujer,  en  un  ave 
Viendo  su  ser  transformado. 
Abrió  las  alas  primer©, 
Hizo  en  él  aire  un  ensayo, 
Y,  resumiendo  en  un  grito 
Todo  el  horrible  pasado, 
Todo  el  dolor  de  su  culpa. 
Todo  su  acerbo  quebranto^ 

^  hundió  volando  en  las  selvas*. 

Pero  a  este  punto^  en  un  árbol, 
Sonó  el  quejido,  el  sollozo. 
El  alarido  de  un  llanto 
De  esos  que  nacen  del  fondo 
Del  alma  rota  én  pedazos, 

Y  los  meleros,  absortos, 
Betrocediendo,  tem^tdaron. 

—  *  No  hay  que  asustarse^  — -  les  dijo, 
Irgoiéndose,  di  veterano, — 
Bse  que  gime  en  el  bosque 
Es  (A  cacui  solitario; 

Y  mientras  safra  la  patria 
Tanto  martirio,  paisanos, 

Y  nuestros  ranchos  no  sean 
Algo  más  que  jpobres  ranchos, 
¡  Ay  •  }  porque  nunca  süpim^os, 
A  nuestra  vez,  ser  heraáanos, 
IS6  oirá  ese  gñto>  ese  lloro. 
Ese  clamor  desgarrado.'  » 


1894 


LA  LUZ  MALA 


Larga  tropa  de  carretas 
Atraviesa  la  llanura 
Bajo  la  eterna  hermosura 
De  los  radiantes  planetas, 
Al  ta  rd©^  pas»  sujetas 
De  los  bueyes,  enfila<tes, 
Salvan  lomas  y  quebradas, 
Y  en  el  trébol  florecido, 
Haciendo  áspero  ruido, 
Hunden  las  ruedas  pesadas. 


Vense  aüí  en  el  claibscuro 
De  mil  vagos  resplandores, 
Oscüar  sus  conductores 
Sobre  et  pértigo  inseguro. 
De  llegar  no  tiene  apuro 
A  su  rancho  el  picador, 
Pero,  músico  y  cantor. 
Entretiene  su  camino 
Con  algún  triste  argentino 
Que  llora  ausencias  de  amor. 


—  60  — 

La  Cruz  del  Sud,  suspendida 
Sobre  los  campos  desiertos 
Tiende  los  brazos  abiertos 
Hacia  la  tierra  dormida. 
Y  en  la  sombra  sumergida 
Agüella  inmensa  región, 
Llena  de  mística  unción, 
Por  el  trébol  perfumada, 
Está  a  sus  plantas  postrada 
Como  en  perpetua  oración. 


Súbito  brilla  á  lo  lejos 
Una  luz. ..  la  luz  maldita. 
Cuya  historia  nunca  escrita 
Saben  jóvenes  y  viejos. 
Vedi  a:  lanza  mil  reflejos; 
SeVdetiene  y  humo  exhala; 
Incendia  el  eamipo;  resbala 
Retcirciéndose  rualigna; 
Y  cada  uno  se  persigna. 
Murmurando:  —     ¡  La  luz  mala  • 


—  «  Es  el  alma  de  un  hermano, 
Que,  desterrado  del  cielo. 
Solitaria  y  sin  consuelo 
Vaga  errante  por  el  llano; 
Un  espíritu  cristiano 
De  crueles  ansias  lleno. 
Que,  de  la  noche  en  el  seno, 
Nos  ha  pedido  otras  veces 
Una  cruz  y  algunas  preces 
Que  lo  tornen  justo  y  bueno  )>. 


—  ftl  — 

Así  dicen,  y  entretanto, 
Esquivando  sus  destellos, 
Kezan  juntos  todos  ellos, 
Olvidados  ya  del  canto; 

Y  ven,  trémulos,  de  espanto, 
Cómo  la  hiz  resplandecei 

Y  chispea,  y  desparece, 

Y  con  nueva  brillantez 
Ilximina,  y  cada  vez 

Más  y  más  grande  parece. 


Ora  se  hunde  en  el  bajío, 

Ora  corre  por  la  loma, 

Pero  siempre  avanza,  y  toma 

Por  momentos  nuevo  brío. 

Del  horizonte  sombrío 

Se  aproxima  a  cada  instante, 

Y  hacia  atrás  y  hacia  addiante 
Huyen  las  sombras  inquietas, 

Y  se  acerca  a  las  carretas 
Gomo  un  ojo  centelleante. 


Y,  mientras  lleno  de  horror, 
Tras  esfuerzos  sobrehumanos. 
Se  cubre  con  ^ubas  manos 
Todo  ei  rostro  d  picador. 
El  penacho  de  vapor 
Suelto  al  aire,  rauda,  altiva, 
Rumorosa  y  convulsiva 
Cual  un  potro  desbocado. 
Pasa  hirviendo  por  su  l^o 
La  veloz  locomotiva. 


—  62  — 

j  Mal  hacéis  vuestro  camino 
Paso  á  paso  y  leittaniénte, 
Al  ^ance  del  torrente,       ■ 
Antiguo  pueblo  argentino- 
i  Cantad  himnos  al  destino, 
Y  cuando  en  noche  serena 
Brille  esa  luz,  no  os  dé  pena, 
No  temáis,  criollos,  por  eso, 
Que  en  las  vías  del  progreso 
La  luz  mala  es  la  Itiz  buena !. 


1883. 


INDlCR 


PbóLOGO  del  Dr,  Joaquín  V.  González 5 

Santos  Vega 

El  alma  del  payador 13 

La  prenda 16 

El  himno 20 

La  muerte 26 

La  Salamanca 33 

La  Mula  Anima 39 

El  Yagua  ron 45 

El  Cacuí 49 

La  Luz  Mala 59 


\  ■ 


Constitución  DE  LÁ  Reiubiícá^  ÓEiEKTAL-entro  en 

vigencia  en    1919 , . ; »  0. 10 

CoNSiTiTUCiON    Y    Gobieino    Interior    Administrativo 

de  los-pepartamentos.    Un   temo..... . .'..  .í. . ,; .    »  0.15 

Campo -Estanislao  del-«Ea\TSto»,  irtlpresicnes  del  gau- 
cho Anastasio  el  Pollo.  Prólogo  de  Juan  C.  Gómez..  »  0.25 
Dakio  Rubén— «  Prosas  Profanas  *,  con  un  prólogo  de 

José    E.  Rodó ............ . . ...... ......        *  0. 40 

»      Azul. .i   con  prologo   de  J.   Valera. . . . . . .         »t).35- 

FiAUBEET  Gustavo — ^Madama  Bovary .\; .    »  O.'.Ó" 

González    Domingo^ — (Licenciado    Peralta,)    Brocha-  _V 

zos  y  Bocetos,  contiene  esta  obra  docum.entos  y 
anécdotas    relativas    a    la    Historia    Nacional.  Un      -       " 

tpmo     de     200     páginas -»  0. 50 

■  *-     Carnet  de  un  filósofo  de  antaño,  2  tomos...    »  1.25 

»      Estudio  sobre  Constitucicn  orgánica  y  regla- 
-    mentación  de  la  jusiicia  civil  y  criminal.  Un  tm.   »  1^25 
Goethe — «Werther»  novela  con  prólogo  de  Samuel 

Blixen.    Un   tomo.. »  0. 35 

HoLLEiMAN  (A.  F.  —Química  Orgánica,  traducción  cas-      ^ 
tellana  directamente  del  Holandés,  se  reparte  por 

entregas  de  16  páginas,  cu    .... . . . .  -. »  0. 20 

»       Química  inorgánica  en   castellano   tomo   tela  »  6.00 
Ingenieros  Joás-Significación  Histórica  del  Maxima- 

lismo,    1^   folleto................  ................    »0.10 

Lagabmilla  Alejandro  «Fundamentos  de  la  Moral»  »  0.50- 
L.vá  PLACES  AiBERTO-Cinco  meses  de  guerra.  Estudio  - 

de    la    Guerra    europea »  0.40- 

,        »  .    Opiniones  literarias  (Prosistas  Uruguayos  Con- 

-  .temporáneos)  í.. ......,......;..,....     »  0.80 

]\Ias  de  Ayala,  i  -Leccion-ís  de  Química  Inorgánica  ^ 
(<3omplemento  del  texto  de  clase),  de  acuerdo  con  el 
programa  univOTSitario  para  el  curso  preparatorio   »  1.20 

MAETERUNck  MAURICIO-  «La  Muerte» ¡^  0.35 

'.;  »  -   «Léi  vida  de  las  alDejas»    . »  0.40 

»      «La  inteligencia  de  las  flores» »0.40 

»      «El  alcalde    de  Stilmonde,  di  ama  en  3    actos  »  0.25 
Melian  Latestur-    {LuK')-La  acción    funesta    de    los 
partidos   tradicionales   en   la   Reforma   Cons-, 
titucional »    0.60 


rsr-' 


->  -'■\,  -        :  ■■•-;'■ 

'  S   ■-'  > 

»      Semblanzas  del  Pasado- Juan  C.    Gómez-un  -i^-- 

grueso  volumen. , »   1.00 

NtN  Gastón  A.  Federico  Nin  Reyes-y  el  Génesis  de  i'; 

la  industria  frigorífica  (estudio  histórico)  1  volumen  /     ;  . 

con  foto-grabados  y  diseños ^ »  1T50 

Ñervo    amado-« Florilegio    (RecopÜÉkción),    1    folleto  »0.15 

»      «Perlas  Negras»  (Poemas),  1  tomo »    0.50 

»       «Elevación»    (Poemas),    1    tomo¿ »    0.50 

»       « Serenidad »    Poesías),    1    tomo »  0. 60 

»      «En  voz  baja»  (Poesías),  1  tomo  ..........      *  0.50^ 

»      « Ideas  y  observaciones  filosóficas  de  Tello  Tellez 

tomo »  0.25- 

PoE  EoGARD-Poeraas  y  cuentos.    Prólogo    de    Rubén  -'- 

Darío »    0. 30 

Patjllier  W-La  Defensa  Nacional  y  los  Problenjas 

Militares,  1  tomo  de  304  páginas »  1.50 

RoxLO  ÜARLCá-El  libro  de.  las   Rimas,  segunda  edi- 
ción  corregida   y   aumentada ,     »  0.35 

SiCHELE  scirio  Las  ciencias  sociales  y  sus  aplicaeio-      .:-, 
nes  » traducción  de-Alb^to  Lasplaoes.  (obra  recomen- 
dada por  la  dirección  de  Instrucción  Pública,  para  els         1 

estudio  de  sociología) .;  .»'-J,;;00~ 

Sayagües  X<AsáO-Vistas  fiscales  con  las  sentencias  eo-        ^«    ;" 
rréspondientes,    3    tomos    ........,.,,..;;..  r. ...     »fr. SO 

»       Investigación   de   la    Paternidad,    1    tomo...     »  2.00 

»       Cuestiones  Jurídicas,    1    tomo »  2.00 

Tagqre   RABiNDRANAT-La  Luna   Nueva   (poemas   en  'í 

prosa) »    0. 35 

Viejo  Pancho — Paja  Brava— Versos  criollos  ;í  . . . . .    »  O ..60 
ZoLA  Emílio — ^El    Ensueño,     traducción     castellana"  ■  ' 

de  Carlos     Malagarriga,     2    tomos »  O.  ^ 

ZoRRiiXA  De  San  INIartin  (Juan) — Tabaré  y  La  Le-         ,   -^ 
yenda  Patria,  novísima  edición  corregida  por  el  au-        '  ,""- 

tor i . ■■;. .-. . . .'    »  0. 6o 

»      Encuademación  en  tela »  1 .  30 

>      Detalles    de    Historia    Rioplatense,     1     tomo  » ;0.5(X'